Carlos Gorriarena: Mujeres en vísperas
Del 3 de junio al 31 de julio
Cada cual en su mundo
¿Qué es lo que verdaderamente sucede en los cuadros de Carlos Gorriarena? ¿Cuál es la realidad que se mueve por debajo de lo que aparenta revelar alguna plenitud, incluyendo la plenitud del ocaso?
Cualquier respuesta a la que nos aventuremos, debería tener la precaución de no dejarse arrastrar por el sentido que las cosas parecen tener a simple vista. Porque es en esa dimensión intersticial, en la que la paradoja altera la experiencia de revelación (lo que no se ve de lo que se ve), que las pinturas de Gorriarena atraviesan como una flecha su identidad artística para alcanzar un estatus de sentido “cargado” en suspensión.
Gorriarena, príncipe del color, sabe mejor que nadie que hay organismos en actividad -es decir en curso de degradación- bajo el esplendor de los colores fuertes, como si dijésemos: hay un limón bajo el color limón. El contraste entre el exterior exaltado y el interior oculto que presiona hacia afuera con el drama que aún no puede verse, es el alma de su arte y, acaso, el único de todos sus dones al que podríamos considerar irremplazable.
Las imágenes de Gorriarena son imágenes de lo que está por pasar. En esas vísperas cuyo porvenir es incierto, se manifiesta un agravante: el futuro ya ha comenzado a desgastar la actualidad de los hechos. El tiempo entra al instante desplegando sus ejércitos invisibles. En ese allanamiento discreto pero irreversible, las mujeres son fantasmas de carne y hueso que se resisten, sea con elegancia o con desesperación, a las calamidades de la cuenta regresiva.
Del lado opuesto al de sus consideraciones sobre los varones, bestias ordinarias atraídas por el sol negro del poder que, como en su versión del Pacto de Olivos, produce sombras diferentes a las del sol que le da cobijo al mundo, las mujeres de Gorriarena son ejemplares de una especie distinta. Están absorbidas por un interior en el que se pierden para encontrarse.
Se trata de lo que podemos llamar “galería” en el sentido de galería de personajes, en la que las mujeres -incluso las mujeres “objeto”- despliegan sus singularidades de sujetos ilegibles. En qué piensan, qué sienten y quiénes son esas mujeres son cosas de un misterio específico: el misterio de la identidad. Porque a diferencia de los hombres de Gorriarena, universales e intercambiables aún bajo las apariencias más disímiles, cada mujer es única.
Exaltadas o calmas, delgadas o gruesas, vestidas o desnudas, en situación de acto o de potencia, las mujeres de Carlos Gorriarena son criaturas a las que se les ha concedido un poder humano “terrestre” que el hombre desprecia para encontrar el suyo en los dioses que emula.
Se trata de una diferencia insalvable entre los géneros que, en la obra de Gorriarena, se revela cuando los hombres y las mujeres -con alguna excepción- se reúnen en algún círculo de intimidad. Allí, la mujer mira al hombre, y el hombre mira hacia un más allá en el que, quizás, vislumbre el horizonte de sus ideales. Y mientras una dice: “buenas noches”, el otro le contesta: “buenos días”.
Es el quid de una cuestión que el arte de Gorriarena ha sabido revelar: no hay más cercanía entre la mujer y el hombre que la de la fatalidad común que mantiene a cada uno en su mundo.
Juan Becerra