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Intervenciones, autopsias y disecciones sobre la imagen gráfica

Jorge de la Vega, Grete Stern, León Ferrari, Horacio Zabala, Jorge Macchi, Osvaldo Lamborghini, Alfredo Londaibere, Rosana Schoijett, Valentina Liernur, Carlos Herrera, Carlos Huffmann, Adrián Villar Rojas, Mariana Tellería, Leonardo Sánchez, Manuel Fernández.

El monstruo habita latente dentro de cada imagen, esperando las condiciones para manifestarse. Aparece cuando una imagen deja de obedecer al régimen que organizaba su sentido y comienza a producir asociaciones imprevistas. Porque la imagen es también un campo de batalla: toda fotografía puede ser recortada, todo titular descontextualizado, toda publicidad desmontada.

Una de las grandes transformaciones de la modernidad fue la aparición de un universo de imágenes técnicamente reproducibles, idénticas, circulantes y potencialmente infinitas. Sobre ese nuevo régimen visual operaron tradiciones tan diferentes como el surrealismo, el pop y el arte político. Entre ellas existió una convicción compartida: las imágenes producidas industrialmente podían ser desviadas de su función original para cargarlas de ficción o criticalidad. Las intervenciones de artistas sobre imágenes masivas, ya sea como origen o destino de sus obras, pueden pensarse como un antecedente material de la cultura visual algorítmica. Una imagen se desprende de su contexto, se combina con otra, adquiere un nuevo sentido y vuelve a circular. Los memes llevan esta lógica a una dimensión colectiva y acelerada; las fake news muestran su potencia para fabricar realidades; la inteligencia artificial hace posible la producción de imágenes que ya no dependen de un referente previo.

Intervenciones, autopsias y disecciones sobre la imagen gráfica reúne artistas que, desde distintos momentos históricos, encontraron en la visualidad de los medios un territorio sobre el cual introducir anomalías. Cada obra propone leer estas imágenes contra su propia evidencia, sospechar de su aparente transparencia y devolverles aquello que la circulación masiva tiende a neutralizar: ambigüedad, conflicto, materialidad y la capacidad de producir otros mundos.

Un primer eje aborda este problema desde el imaginario surrealista, con Grete Stern como protagonista, acompañada por Rosana Schoijett y Manuel Fernández. El procedimiento de estos artistas consiste en engendrar una imagen fantástica a partir de fragmentos que, por su origen fotográfico, ya han sido aceptados como parte de la realidad. La condición indicial de la fotografía —su relación física o causal con aquello que estuvo frente a la cámara— vuelve a las fantasías inquietantemente plausibles. La operación desestabiliza la realidad cotidiana para develar zonas de ensueño, violencia o pulsión que el orden racional intenta mantener separadas. Gracias al fotomontaje, la fotografía se vuelve un espacio psíquico: un lugar donde distintas temporalidades, cuerpos, escalas, deseos y ficciones pueden coexistir.

Un segundo eje reúne artistas vinculados a una sensibilidad o materialidad pop, con Jorge de la Vega como figura central. Para estas prácticas, la cultura de masas ofrece un repertorio visual en el que modos de vida y modos de representación se encuentran entrelazados. Ya no se trata, como en el surrealismo, de abrir una grieta hacia el inconsciente, sino de intervenir una cultura visual organizada por la repetición, el consumo y la circulación. La promesa de felicidad asociada a la imagen publicitaria se transforma en extrañamiento.

En los efasages de De la Vega, la imagen industrial permanece reconocible, pero algo comienza a habitar dentro de ella. Invadida por un bestiario de formas, rostros y cuerpos, pierde su estabilidad y revela una dimensión monstruosa que permanecía, latente, bajo su capa visible. El efasage combina operaciones aparentemente contradictorias: agregar y quitar, intervenir y borrar, revelar y ocultar. Hay en este procedimiento una forma de excavación. Debajo de cada imagen de consumo parece existir un mundo que comienza a manifestarse a medida que su superficie es erosionada. Lo monstruoso no llega desde afuera: emerge como un síntoma de la propia imagen. En los artistas que acompañan este eje —Osvaldo Lamborghini, Alfredo Londaibere, Valentina Liernur, Carlos Herrera, Carlos Huffmann, Adrián Villar Rojas, Mariana Tellería y Leonardo Sánchez— la intervención aparece como una práctica de contaminación. Las imágenes producidas para ser consumidas, reconocidas y rápidamente sustituidas son sometidas a operaciones que interrumpen su funcionamiento y hacen emerger un mundo que no estaba prevista. No se trata de escapar de la cultura de masas, sino de entrar en ella hasta encontrar sus grietas.

El tercer eje introduce una finalidad política más explícita. León Ferrari ocupa un rol histórico importante dentro de estas narrativas, por su capacidad para poner en relación lenguajes que los discursos dominantes tienden a mantener separados: la prensa, la religión, el deseo, la violencia y las instituciones de poder. A través de la repetición, la literalidad, el desvío, la metáfora, la ironía y la parodia, Ferrari altera los sistemas de lectura que permiten que determinadas imágenes aparezcan como naturales. Las operaciones dentro de este eje recurren a procedimiento simples: confrontar dos imágenes que nunca habían aparecido juntas, como ocurre en Ferrari, o recortar o tapar aquello que la imagen original proponía, como en los trabajos de Jorge Macchi y Horacio Zabala.

En su serie de collages con fotografías de Madonna, Ferrari extiende estas operaciones al terreno de la cultura de masas. La confrontación entre imágenes provenientes de universos religiosos y eróticos produce desplazamientos entre lo sagrado y lo profano, y pone en cuestión las formas históricas mediante las cuales el cristianismo ha asociado el deseo y el cuerpo con la culpa y el pecado. La elección de Madonna resulta significativa precisamente porque su figura concentra muchas de estas tensiones entre deseo, sexualidad, moral y cristianismo.

La analogía médica del título propone, finalmente, mirar a las imágenes como cuerpos. Nos resultan familiares porque las vemos todos los días, pero su anatomía suele permanecer invisible. Cortar una imagen permite hacer visible su estructura; separar sus partes revela las costuras que mantenían unidos sus sentidos. Al yuxtaponer fragmentos provenientes de mundos diferentes aparecen relaciones que antes permanecían ocultas. Al borrar, se produce una ausencia; al repetir, una obsesión; al cambiar la escala, una anomalía; al trasladar una imagen de un contexto a otro, se altera su historia. La exposición imagina estas prácticas como operaciones sobre un cuerpo colectivo de imágenes construido por la prensa, la publicidad, el entretenimiento, la propaganda y otros sistemas de circulación masiva. La intervención artística no destruye necesariamente ese cuerpo: lo abre para observar cómo funciona, qué relaciones sostiene y qué zonas mantiene ocultas. Allí donde la imagen afirma mostrar un hecho, el artista introduce una ficción; donde propone una única temporalidad, incorpora restos del pasado, proyecciones hacia el futuro y asociaciones para desordenar el presente.

Javier Villa

Carlos Gorriarena: Mujeres en vísperas

Cada cual en su mundo

¿Qué es lo que verdaderamente sucede en los cuadros de Carlos Gorriarena? ¿Cuál es la realidad que se mueve por debajo de lo que aparenta revelar alguna plenitud, incluyendo la plenitud del ocaso?

Cualquier respuesta a la que nos aventuremos, debería tener la precaución de no dejarse arrastrar por el sentido que las cosas parecen tener a simple vista. Porque es en esa dimensión intersticial, en la que la paradoja altera la experiencia de revelación (lo que no se ve de lo que se ve), que las pinturas de Gorriarena atraviesan como una flecha su identidad artística para alcanzar un estatus de sentido “cargado” en suspensión.

Gorriarena, príncipe del color, sabe mejor que nadie que hay organismos en actividad -es decir en curso de degradación- bajo el esplendor de los colores fuertes, como si dijésemos: hay un limón bajo el color limón. El contraste entre el exterior exaltado y el interior oculto que presiona hacia afuera con el drama que aún no puede verse, es el alma de su arte y, acaso, el único de todos sus dones al que podríamos considerar irremplazable.

Las imágenes de Gorriarena son imágenes de lo que está por pasar. En esas vísperas cuyo porvenir es incierto, se manifiesta un agravante: el futuro ya ha comenzado a desgastar la actualidad de los hechos. El tiempo entra al instante desplegando sus ejércitos invisibles. En ese allanamiento discreto pero irreversible, las mujeres son fantasmas de carne y hueso que se resisten, sea con elegancia o con desesperación, a las calamidades de la cuenta regresiva.

Del lado opuesto al de sus consideraciones sobre los varones, bestias ordinarias atraídas por el sol negro del poder que, como en su versión del Pacto de Olivos, produce sombras diferentes a las del sol que le da cobijo al mundo, las mujeres de Gorriarena son ejemplares de una especie distinta. Están absorbidas por un interior en el que se pierden para encontrarse.

Se trata de lo que podemos llamar “galería” en el sentido de galería de personajes, en la que las mujeres -incluso las mujeres “objeto”- despliegan sus singularidades de sujetos ilegibles. En qué piensan, qué sienten y quiénes son esas mujeres son cosas de un misterio específico: el misterio de la identidad. Porque a diferencia de los hombres de Gorriarena, universales e intercambiables aún bajo las apariencias más disímiles, cada mujer es única.

Exaltadas o calmas, delgadas o gruesas, vestidas o desnudas, en situación de acto o de potencia, las mujeres de Carlos Gorriarena son criaturas a las que se les ha concedido un poder humano “terrestre” que el hombre desprecia para encontrar el suyo en los dioses que emula.

Se trata de una diferencia insalvable entre los géneros que, en la obra de Gorriarena, se revela cuando los hombres y las mujeres -con alguna excepción- se reúnen en algún círculo de intimidad. Allí, la mujer mira al hombre, y el hombre mira hacia un más allá en el que, quizás, vislumbre el horizonte de sus ideales. Y mientras una dice: “buenas noches”, el otro le contesta: “buenos días”.

Es el quid de una cuestión que el arte de Gorriarena ha sabido revelar: no hay más cercanía entre la mujer y el hombre que la de la fatalidad común que mantiene a cada uno en su mundo.

Juan Becerra

Carlos Gorriarena

Carlos Gorriarena nació en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1925. A los 17 años ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde se formó con dos figuras fundamentales: Lucio Fontana en escultura y Antonio Berni en dibujo. En 1948 decidió abandonar la institución para continuar su formación de manera independiente junto al pintor Demetrio Urruchúa, referente del realismo social y figura clave en su desarrollo artístico.

Realizó su primera exposición individual en 1959 y fue cofundador del Grupo del Plata, activo entre 1960 y 1964. En 1962 fue invitado a Vence (Francia) por la Michael Karolyi Memorial, dirigida por Bertrand Russell. Entre 1971 y 1972 residió en Madrid, ampliando su experiencia internacional.

En 1986 recibió el Gran Premio de Honor del Salón Nacional, la máxima distinción en las artes visuales en Argentina, por su obra Pin Pan Punk. Su producción se inscribe dentro de lo que se ha denominado Arte Político, una corriente iniciada en el país por Antonio Berni en la década de 1930. Sin embargo, su obra trasciende la lógica de la propaganda: constituye un agudo cuestionamiento ético de la realidad social, donde lo político emerge como dimensión inherente a la experiencia contemporánea.

Pintor incansable, desde mediados de la década de 1950 realizó más de doscientas exposiciones en Argentina y en el exterior. Asimismo, tuvo un rol destacado en la formación de nuevas generaciones de artistas.

Antonio Asis

Antonio Asis (Buenos Aires, 1932) es una de las figuras clave del arte cinético y geométrico argentino, reconocido por una obra que investiga de manera sostenida las relaciones entre percepción, movimiento y estructura. Proveniente de una familia de origen libanés radicada en Argentina, se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires entre 1946 y 1950, en un contexto atravesado por el surgimiento y las discusiones del Movimiento de Arte Concreto. Durante esos años, fue alumno de Héctor Cartier, cuya enseñanza basada en los principios de la gestalt resultó fundamental para el desarrollo de su pensamiento visual, especialmente en lo relativo a la relatividad del color y la percepción.

A fines de la década de 1950, Asis decidió trasladarse a París, en un gesto que invierte el recorrido migratorio de su familia. En la capital francesa se insertó en el dinámico ambiente artístico de la época y formó parte del grupo de artistas latinoamericanos que desarrollaron allí sus trayectorias. Sus primeros años estuvieron marcados por trabajos diversos hasta lograr dedicarse plenamente a su producción artística. Con el tiempo, se consolidó como uno de los artistas argentinos más destacados en Europa.

Su obra se inscribe dentro de la tradición abstracta, pero introduce una dimensión experimental que busca desestabilizar la percepción del espectador. A través del uso de tramas, grillas metálicas y superposiciones, Asis construye un lenguaje visual en el que el movimiento no es real sino perceptivo. El espectador debe desplazarse frente a la obra para activar las vibraciones ópticas que esta propone. En este sentido, espacio y tiempo se convierten en elementos centrales de su práctica: la obra no se agota en su materialidad, sino que se completa en la experiencia visual.

A lo largo de su carrera, participó en numerosas exposiciones individuales y colectivas en instituciones y galerías de Europa y América, incluyendo eventos históricos del arte cinético como Lumière et mouvement en el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris en 1967. Su trabajo también formó parte de exposiciones en el Museo Reina Sofía de Madrid, el Museum of Fine Arts de Houston y diversas instituciones dedicadas al arte latinoamericano.

Las ideas desarrolladas por Asis han influido en generaciones posteriores de artistas interesados en la percepción y el movimiento. Sin embargo, su producción mantuvo siempre un carácter introspectivo, desarrollada en gran medida en la intimidad de su taller parisino.

Hoy, su obra es reconocida internacionalmente y forma parte de importantes colecciones públicas. Su “universo dinámico”, basado en la vibración, la repetición y la inestabilidad visual, lo posiciona como una figura central dentro del arte cinético, cuya investigación continúa interpelando la mirada contemporánea.

VÉRTIGO

Antonio Asis, Julio Le Parc, Gregorio Vardanega, Rogelio Polesello, Gyula Kosice, Martha Boto, Perla Benveniste, Eduardo Rodríguez, Luis Tomasello y Manuel Espinosa.

En 1958, Alfred Hitchcock estrenó Vértigo, una película que marcó un hito en la historia del cine e introdujo una de las técnicas visuales y narrativas más reconocibles del cine moderno: el dolly zoom. Este recurso altera la percepción del espacio mediante un desplazamiento simultáneo de la cámara y el zoom en direcciones opuestas, generando una sensación de inestabilidad, desorientación y extrañamiento.

Unos años antes, en 1955, la galería Denise René, en París, presentaba la exposición Le Mouvement, donde el arte cinético por primera vez se consolidó como una corriente específica. Los elementos centrales eran el movimiento, espacio y tiempo, que se manifiestan a través de diversos enfoques: obras que sólo se activan mediante el desplazamiento de los visitantes, piezas que se transforman a partir de la interacción directa con el público y dispositivos motorizados que operan de forma autónoma.

La integración del cine con esta manifestación artística, al hacer foco en el lenguaje visual a partir del movimiento, introduce una reflexión específica sobre la percepción como construcción inestable. Tal como señalaba Roger Bordier, en su texto Cinéma, la imagen en movimiento reorganiza la relación entre tiempo, espacio y mirada. Es precisamente en este punto donde se inscribe esta exposición: una indagación común en torno a los modos en que la percepción se activa, se desajusta y se vuelve experiencia.

Esta muestra toma el título Vértigo para presentar una selección de obras de Antonio Asís, Julio Le Parc, Gregorio Vardanega, Rogelio Polesello, Gyula Kosice, Martha Boto, Perla Benveniste, Eduardo Rodríguez, Luis Tomasello y Manuel Espinosa. Al igual que el recurso cinematográfico que la inspira, estas obras producen una inestabilidad visual, generando un campo dinámico en el que lo fijo se vuelve inestable y la percepción entra en constante transformación.

Julio Le Parc como uno de los miembros del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), sentó en París las bases de una práctica centrada en la participación activa del espectador, transformando e irrumpiendo el sentido de la obra hacia la experiencia. Estas investigaciones continuaron su desarrollo en Buenos Aires, en obras que requerían del desplazamiento, la interacción y la variabilidad lumínica dentro de la imagen para desplegarse plenamente de la geometría, en diálogo con antecedentes como los de Gyula Kosice, cuya concepción dinámica de la geometría, iniciada en el grupo Madí, se proyecta y consolida dentro del arte cinético.

En este marco, artistas como Antonio Asís y Manuel Espinosa trabajaron sobre la activación perceptiva a partir de operaciones mínimas, ya sea mediante vibraciones ópticas generadas por unidades cromáticas o a través de sutiles variaciones tonales. A su vez, Luis Tomasello produjo entornos tridimensionales geometricos donde el color y el espacio se transforman según la posición del espectador. Por otra parte, Martha Boto y Gregorio Vardanega, Perla Benveniste y Eduardo Rodríguez desarrollaron investigaciones vinculadas a sistemas motorizados y efectos lumínicos, que profundizaron en la distorsión la luz y el color, evidenciando, en conjunto, la convergencia entre arte, ciencia y tecnología en la construcción de nuevas formas de percepción.

Estos artistas investigaron dispositivos capaces de producir una nueva sensibilidad visual, acorde a la realidad cambiante de la época, así como el cine exploró las posibilidades técnicas de la imagen en movimiento. En ambos casos, se trata de una experimentación con los límites de lo visible y de una puesta en crisis de la estabilidad de la forma, en un contexto atravesado por la expansión de la tecnología y los medios de reproducción, incorporando materiales industriales, sistemas mecánicos y lógicas de serialidad propias de su tiempo.

El arte cinético propone situaciones: experiencias abiertas que invitan a habitar la obra. Como señala Elena Oliveras, en estas piezas hay una excitación constante de la atención, una dimensión de incertidumbre, un “no saber qué va a pasar”, que activa los sentidos y produce una fascinación siempre inestable.

Vértigo propone así un recorrido por un conjunto de prácticas que hicieron del movimiento, real o ilusorio, una tensión, interpelando nuestra manera de percibir, recordándonos que toda visión es, en última instancia, una construcción en movimiento.

Del 15/04 al 26/05

Capricho de Verano

Este verano, MC Galería abre sus puertas a una exposición que reúne una selección de artistas de la trastienda, ofreciendo un panorama representativo de la diversidad estética y conceptual que caracteriza al espacio, destacando artistas consagrados del arte argentino.

La propuesta busca poner en valor la amplitud de lenguajes, técnicas y enfoques que conviven en la galería a partir de tres salas temáticas, proponiendo un recorrido por distintos movimientos y momentos fundamentales del arte argentino moderno y contemporáneo.

Entre los artistas en exposición se encuentran Edgardo Gimenez, Ary Brizzi, Oscar Bony, Kenneth Kemble, Ernesto Deira, Jorge De La Vega, Eduardo Costa, Rogelio Polesello, César Paternosto, Cynthia Cohen y Vicente Grondona.

[En común] Horacio Zabala y amigos.

El momento histórico que les tocó compartir, los territorios que coincidieron en habitar. Las ideas que flotan en el aire de una misma generación. Las redes de artistas a las que pertenecieron o, simplemente el azar -que no existe-, hizo que desde mediado de los 60 hasta la actualidad, Horacio Zabala se rodease de la amistad profesional y personal de Juan Carlos Romero, Carlos Ginzburg, Edgardo Vigo, Luis Pazos y Leandro Katz.

En común, propone actualizar ese diálogo entre pasado y presente de artistas que cultivaron el objetualismo, el readymade, la poesía visual, la performance y la fotografía para señalar, denunciar o parodiar, distintos aspectos de la vida contemporánea. Todos participantes de las exposiciones del CAYC creado por Jorge Glusberg en 1968, desde la Argentina u otros lugares del mundo, aportaron su propia visión al arte conceptual internacional.

Actuando desde los convulsionados años 60 con la impronta de la pregunta sobre los límites del arte, proponer un anti-arte, y la fusión analítica entre arte, sociología y filosofía, caracteriza la visión de los artistas de [En común]. Presentar en lugar de exponer, suspender el juicio como gesto político, perturbar los valores establecidos, ironizar sobre la propia práctica, son acciones que unen a Zabala, Romero, Ginzburg, Vigo, Pazos, Katz, en aventuras solitarias, faraónicas y ambiguamente inmotivadas, que cumplen su propósito de reflexionar sobre lo dado, lo que existe, lo naturalizado.

La imagen y los discursos sobre ellas como construcción para distintas intenciones explicitas o embozadas, es un tema predilecto de estos francotiradores del lenguaje, constructores en la destrucción, visionarios de la catástrofe. De lo simple, de lo que está a la mano, materiales pobres, no obstante bellos, a la sofisticación de desarmar el andamiaje del pensamiento moderno y contemporáneo, no hay fatiga, ya que el arte es “el mundo por segunda vez”, como lo definió Horacio Zabala en 1998: “La obra de arte abre un juego entre el arte y el mundo”, es otra mirada, interesada, connotada que, provisoriamente, se desentiende de la noción de trascendencia.

María José Herrera

Ernesto Deira

Nació en Buenos Aires el 28 de julio de 1928. Se orientó en sus estudios a las carreras tradicionales y recién después de cuatro años de recibirse de abogado, ingresó al mundo de la pintura guiado nada menos que por Leopoldo Presas y Leopoldo Torres Agüero. En 1958 realizó su primera muestra individual en la galería Rubbers de Buenos Aires. Pocos años después forma junto a Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega y Rómulo Macció el grupo “Nueva figuración”, exponiendo en la Galería Peuser en 1961 y en los años siguientes en el Museo de Bellas Artes y también en el exterior. En 1964 participa del IV Guggenheim Intrenational Award y organiza exposiciones en Europa. Dos años después es invitado como profesor en la Universidad de Cornell (EE.UU)en 1965 obtuvo la Beca Fulbright y en 1967 obtiene el Premio Palanza. Entre otros, recibió en 1965 en E.E.U.U. el premio del Primer Salón de Artistas Jóvenes de América Latina y el Premio Palanza en 1967.

Realizó numerosas muestras individuales y colectivas en Río de Janeiro, Bruselas, Madrid, París, Chartres y Venecia. En 1981 la Galería Degli Uci incluyó un Autorretrato dentro de su colección. En 1992 expuso su obra “Adán y Eva #2” (1963) formó parte de Ia Muestra Konex 100 Obras Maestras – 100 Pintores Argentinos (exposición antológica de la pintura argentina) en el MNBA en Buenos Aires. Fallece en París en julio de 1986. En los años siguientes su obra se expuso tanto en Buenos Aires, como en distintas ciudades de América Latina. Sus obras se encuentran en importantes colecciones públicas: Museum of Modern Art (MoMA), Nueva York, E.E.U.U; Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina; Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Argentino; Centro de Arte Contemporáneo, Córdoba, Argentina; Fundación Federico Jorge Klemm, Buenos Aires, Argentina; Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Argentina; Banco Ciudad, Buenos Aires, Argentina; Museo Municipal de Bellas Artes ̈Juan B. Castagnino ̈, Rosario, Argentina.

Oscar Bony

Oscar Bony (1941, Misiones)  A los 17 años comenzó sus estudios de pintura con un profesor local y en 1959 llegó a Buenos Aires becado para concurrir a la Escuela Preparatoria de Bellas Artes Manuel Belgrano. Sin embargo, siempre se consideró un artista autodidacta. Entre 1959 y 1963, asistió a los talleres de Demetrio Urruchúa y Juan Carlos Castagnino, y trabajó como ayudante de Antonio Berni. Su imagen inicial transita de cierto realismo expresivo hacia la nueva figuración. En 1964, su serie Anatomías le permite ingresar al circuito del arte contemporáneo, es invitado al Premio de Honor Ver y Estimar y realiza su primera exposición individual en una de las más importantes galerías porteñas, la Galería Rubbers. Su ámbito de pertenencia era el grupo de artistas que frecuentaba el Bar Moderno, en especial Rubén Santantonín, Pablo Suárez, Emilio Renart y Ricardo Carreira.

Entre 1965 y 1968, sus experiencias con el pop, el minimalismo, el arte conceptual y los objetos, lo ubicaron en el centro de acción de la vanguardia más radical que se movía entre galerías alternativas, el Premio de Honor Ver y Estimar y el Instituto Di Tella. Bony expuso instalaciones, cortometrajes, objetos, estructuras primarias y una obra sonora. En 1968, en la muestra Experiencias ’68 en el Di Tella, alquiló una familia de clase obrera y la exhibió “en vivo”, sobre un pedestal de museo. Las reacciones del público, la crítica y el mundo oficial del arte, las divisiones dentro de la misma vanguardia, las tensiones entre práctica artística y práctica política, la crisis social, económica y política, eran cada vez más extremas y los frentes de lucha se multiplicaban. Ante la clausura judicial de la pieza de Roberto Plate los demás artistas decidieron destruir sus obras, tirarlas a la calle Florida y denunciar públicamente los avances de la censura. Es el fin de una época. Bony y varios de sus compañeros abandonaron el campo del arte.

A partir de 1968 y durante casi seis años, Bony trabajó como fotógrafo dentro de la industria de la música. Era justo el momento en que el rock nacional se convertía en un fenómeno popular ingresando a los medios masivos de comunicación como la televisión, un producto consumido por una audiencia joven y en expansión acelerada. Las compañías de grabación habían incorporado mecanismos de venta y publicidad utilizados en otros mercados. Los lanzamientos de cada disco estaban ligados a recitales, festivales, campañas de promoción; los discos incluían producciones fotográficas especiales y las letras de las canciones; se editaban afiches de los ídolos más exitosos; se planificaba el perfil de cada grupo musical diseñando vestuarios, peinados y escenografías para sus sesiones de fotografía y presentaciones; algunas revistas especializadas, el cine, la radio y la televisión actuaban como canales de difusión. Bony se transformó en uno de los creadores del imaginario visual del rock nacional ligado al sello discográfico RCA y actuando en toda la movida. Hay un “estilo Bony”, que el rock identifica y distingue. Los Gatos, La Joven Guardia, Manal y Almendra son algunos de los grupos cuya imagen pública inventó su cámara.

En 1974 el artista volvió al mundo del “arte culto”, a su carrera “profesional”, realizó pinturas y fotografías, un par de exposiciones, y finalmente toma la decisión meditada pero postergada durante años de partir al exilio. Entre 1977 y 1988, vivió en Milán. Fueron diez años de presencia constante en la escena italiana y de muestras en España, Irlanda, Francia, viajes a Estados Unidos y contactos intermitentes con Buenos Aires; Bony, otra vez, haciendo instalaciones, objetos, montajes, intervenciones, pinturas y técnicas combinadas. En 1980 fue invitado a la XVI Triennale. Nuova Immagine en Milán, y en 1982 a la XL Biennale Internazionale D’Arte, Aperto ’82 en Venecia. Visitó estilos como la transvanguardia; y, en 1986, inauguró dos exposiciones individuales simultáneas en dos de las galerías más importantes de Milán, Galleria Zeus Arte y Galleria Fac-Simile.

En 1988 regresó a la Argentina. Exploró, trabajó, esperó, se infiltró con paciencia. En 1993, su muestra De memoria lo consagró de nuevo. Bony es otro de los sobrevivientes de los años ’60 que deslumbró a los jóvenes, es respetado por la crítica y está en acción. En 1994 sus vidrios, papeles y plomos baleados en marcos dorados y a partir de 1996 sus primeras fotografías con vidrios baleados confirman su excentricidad, su intensidad y rigurosidad, su nomadismo, su magia para ser uno y muchos a la vez. Realizó instalaciones, performances como Il limite, realizada sin invitación oficial, fuera de programa en la XLVI Biennale di Venezia, panfleteadas, declaraciones y exposiciones. En 1997 lo invitaron a la 6ª Bienal de La Habana. El individuo y su memoria, a la I Bienal de Artes Visuais do Mercosul en Puerto Alegre, y a la 5th International Istanbul Biennal en Estambul. Despide el siglo con bastante presencia en la prensa especializada, brindando cantidad de notas periodísticas y charlas gracias al impacto alcanzado con la serie de “las fotografías baleadas” en la muestra El triunfo de la muerte en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).

La familia obrera de 1968 fue recuperada en Buenos Aires, Nueva York, Madrid y Liubliana (Eslovenia), y reconocida por la historia del arte contemporáneo internacional. En plena actividad, Oscar Bony murió en Buenos Aires en abril de 2002.

Desde 2007, a partir de la retrospectiva Oscar Bony. El Mago. Obras 1965-2001, realizada con curaduría e investigación a cargo del curador en jefe Marcelo Pacheco en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), se abrió una etapa de una década de circulación y difusión privilegiada en el mundo regional e internacional: grandes muestras dedicadas al revisionismo del arte conceptual y el minimalismo y los inicios del arte contemporáneo contaron con su presencia tanto en Estados Unidos como en Europa, así como en paralelo alcanzó una sólida posición con compras para el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), la Kunsthaus de Zúrich y las colecciones Bengolea y Costantini en Buenos Aires.