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Carlos Gorriarena

Carlos Gorriarena nació en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1925. A los 17 años ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde se formó con dos figuras fundamentales: Lucio Fontana en escultura y Antonio Berni en dibujo. En 1948 decidió abandonar la institución para continuar su formación de manera independiente junto al pintor Demetrio Urruchúa, referente del realismo social y figura clave en su desarrollo artístico.

Realizó su primera exposición individual en 1959 y fue cofundador del Grupo del Plata, activo entre 1960 y 1964. En 1962 fue invitado a Vence (Francia) por la Michael Karolyi Memorial, dirigida por Bertrand Russell. Entre 1971 y 1972 residió en Madrid, ampliando su experiencia internacional.

En 1986 recibió el Gran Premio de Honor del Salón Nacional, la máxima distinción en las artes visuales en Argentina, por su obra Pin Pan Punk. Su producción se inscribe dentro de lo que se ha denominado Arte Político, una corriente iniciada en el país por Antonio Berni en la década de 1930. Sin embargo, su obra trasciende la lógica de la propaganda: constituye un agudo cuestionamiento ético de la realidad social, donde lo político emerge como dimensión inherente a la experiencia contemporánea.

Pintor incansable, desde mediados de la década de 1950 realizó más de doscientas exposiciones en Argentina y en el exterior. Asimismo, tuvo un rol destacado en la formación de nuevas generaciones de artistas.

Antonio Asis

Antonio Asis (Buenos Aires, 1932) es una de las figuras clave del arte cinético y geométrico argentino, reconocido por una obra que investiga de manera sostenida las relaciones entre percepción, movimiento y estructura. Proveniente de una familia de origen libanés radicada en Argentina, se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires entre 1946 y 1950, en un contexto atravesado por el surgimiento y las discusiones del Movimiento de Arte Concreto. Durante esos años, fue alumno de Héctor Cartier, cuya enseñanza basada en los principios de la gestalt resultó fundamental para el desarrollo de su pensamiento visual, especialmente en lo relativo a la relatividad del color y la percepción.

A fines de la década de 1950, Asis decidió trasladarse a París, en un gesto que invierte el recorrido migratorio de su familia. En la capital francesa se insertó en el dinámico ambiente artístico de la época y formó parte del grupo de artistas latinoamericanos que desarrollaron allí sus trayectorias. Sus primeros años estuvieron marcados por trabajos diversos hasta lograr dedicarse plenamente a su producción artística. Con el tiempo, se consolidó como uno de los artistas argentinos más destacados en Europa.

Su obra se inscribe dentro de la tradición abstracta, pero introduce una dimensión experimental que busca desestabilizar la percepción del espectador. A través del uso de tramas, grillas metálicas y superposiciones, Asis construye un lenguaje visual en el que el movimiento no es real sino perceptivo. El espectador debe desplazarse frente a la obra para activar las vibraciones ópticas que esta propone. En este sentido, espacio y tiempo se convierten en elementos centrales de su práctica: la obra no se agota en su materialidad, sino que se completa en la experiencia visual.

A lo largo de su carrera, participó en numerosas exposiciones individuales y colectivas en instituciones y galerías de Europa y América, incluyendo eventos históricos del arte cinético como Lumière et mouvement en el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris en 1967. Su trabajo también formó parte de exposiciones en el Museo Reina Sofía de Madrid, el Museum of Fine Arts de Houston y diversas instituciones dedicadas al arte latinoamericano.

Las ideas desarrolladas por Asis han influido en generaciones posteriores de artistas interesados en la percepción y el movimiento. Sin embargo, su producción mantuvo siempre un carácter introspectivo, desarrollada en gran medida en la intimidad de su taller parisino.

Hoy, su obra es reconocida internacionalmente y forma parte de importantes colecciones públicas. Su “universo dinámico”, basado en la vibración, la repetición y la inestabilidad visual, lo posiciona como una figura central dentro del arte cinético, cuya investigación continúa interpelando la mirada contemporánea.

VÉRTIGO

Antonio Asis, Julio Le Parc, Gregorio Vardanega, Rogelio Polesello, Gyula Kosice, Martha Boto, Perla Benveniste, Eduardo Rodríguez, Luis Tomasello y Manuel Espinosa.

En 1958, Alfred Hitchcock estrenó Vértigo, una película que marcó un hito en la historia del cine e introdujo una de las técnicas visuales y narrativas más reconocibles del cine moderno: el dolly zoom. Este recurso altera la percepción del espacio mediante un desplazamiento simultáneo de la cámara y el zoom en direcciones opuestas, generando una sensación de inestabilidad, desorientación y extrañamiento.

Unos años antes, en 1955, la galería Denise René, en París, presentaba la exposición Le Mouvement, donde el arte cinético por primera vez se consolidó como una corriente específica. Los elementos centrales eran el movimiento, espacio y tiempo, que se manifiestan a través de diversos enfoques: obras que sólo se activan mediante el desplazamiento de los visitantes, piezas que se transforman a partir de la interacción directa con el público y dispositivos motorizados que operan de forma autónoma.

La integración del cine con esta manifestación artística, al hacer foco en el lenguaje visual a partir del movimiento, introduce una reflexión específica sobre la percepción como construcción inestable. Tal como señalaba Roger Bordier, en su texto Cinéma, la imagen en movimiento reorganiza la relación entre tiempo, espacio y mirada. Es precisamente en este punto donde se inscribe esta exposición: una indagación común en torno a los modos en que la percepción se activa, se desajusta y se vuelve experiencia.

Esta muestra toma el título Vértigo para presentar una selección de obras de Antonio Asís, Julio Le Parc, Gregorio Vardanega, Rogelio Polesello, Gyula Kosice, Martha Boto, Perla Benveniste, Eduardo Rodríguez, Luis Tomasello y Manuel Espinosa. Al igual que el recurso cinematográfico que la inspira, estas obras producen una inestabilidad visual, generando un campo dinámico en el que lo fijo se vuelve inestable y la percepción entra en constante transformación.

Julio Le Parc como uno de los miembros del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), sentó en París las bases de una práctica centrada en la participación activa del espectador, transformando e irrumpiendo el sentido de la obra hacia la experiencia. Estas investigaciones continuaron su desarrollo en Buenos Aires, en obras que requerían del desplazamiento, la interacción y la variabilidad lumínica dentro de la imagen para desplegarse plenamente de la geometría, en diálogo con antecedentes como los de Gyula Kosice, cuya concepción dinámica de la geometría, iniciada en el grupo Madí, se proyecta y consolida dentro del arte cinético.

En este marco, artistas como Antonio Asís y Manuel Espinosa trabajaron sobre la activación perceptiva a partir de operaciones mínimas, ya sea mediante vibraciones ópticas generadas por unidades cromáticas o a través de sutiles variaciones tonales. A su vez, Luis Tomasello produjo entornos tridimensionales geometricos donde el color y el espacio se transforman según la posición del espectador. Por otra parte, Martha Boto y Gregorio Vardanega, Perla Benveniste y Eduardo Rodríguez desarrollaron investigaciones vinculadas a sistemas motorizados y efectos lumínicos, que profundizaron en la distorsión la luz y el color, evidenciando, en conjunto, la convergencia entre arte, ciencia y tecnología en la construcción de nuevas formas de percepción.

Estos artistas investigaron dispositivos capaces de producir una nueva sensibilidad visual, acorde a la realidad cambiante de la época, así como el cine exploró las posibilidades técnicas de la imagen en movimiento. En ambos casos, se trata de una experimentación con los límites de lo visible y de una puesta en crisis de la estabilidad de la forma, en un contexto atravesado por la expansión de la tecnología y los medios de reproducción, incorporando materiales industriales, sistemas mecánicos y lógicas de serialidad propias de su tiempo.

El arte cinético propone situaciones: experiencias abiertas que invitan a habitar la obra. Como señala Elena Oliveras, en estas piezas hay una excitación constante de la atención, una dimensión de incertidumbre, un “no saber qué va a pasar”, que activa los sentidos y produce una fascinación siempre inestable.

Vértigo propone así un recorrido por un conjunto de prácticas que hicieron del movimiento, real o ilusorio, una tensión, interpelando nuestra manera de percibir, recordándonos que toda visión es, en última instancia, una construcción en movimiento.

Del 15/04 al 26/05

Capricho de Verano

Este verano, MC Galería abre sus puertas a una exposición que reúne una selección de artistas de la trastienda, ofreciendo un panorama representativo de la diversidad estética y conceptual que caracteriza al espacio, destacando artistas consagrados del arte argentino.

La propuesta busca poner en valor la amplitud de lenguajes, técnicas y enfoques que conviven en la galería a partir de tres salas temáticas, proponiendo un recorrido por distintos movimientos y momentos fundamentales del arte argentino moderno y contemporáneo.

Entre los artistas en exposición se encuentran Edgardo Gimenez, Ary Brizzi, Oscar Bony, Kenneth Kemble, Ernesto Deira, Jorge De La Vega, Eduardo Costa, Rogelio Polesello, César Paternosto, Cynthia Cohen y Vicente Grondona.

[En común] Horacio Zabala y amigos.

El momento histórico que les tocó compartir, los territorios que coincidieron en habitar. Las ideas que flotan en el aire de una misma generación. Las redes de artistas a las que pertenecieron o, simplemente el azar -que no existe-, hizo que desde mediado de los 60 hasta la actualidad, Horacio Zabala se rodease de la amistad profesional y personal de Juan Carlos Romero, Carlos Ginzburg, Edgardo Vigo, Luis Pazos y Leandro Katz.

En común, propone actualizar ese diálogo entre pasado y presente de artistas que cultivaron el objetualismo, el readymade, la poesía visual, la performance y la fotografía para señalar, denunciar o parodiar, distintos aspectos de la vida contemporánea. Todos participantes de las exposiciones del CAYC creado por Jorge Glusberg en 1968, desde la Argentina u otros lugares del mundo, aportaron su propia visión al arte conceptual internacional.

Actuando desde los convulsionados años 60 con la impronta de la pregunta sobre los límites del arte, proponer un anti-arte, y la fusión analítica entre arte, sociología y filosofía, caracteriza la visión de los artistas de [En común]. Presentar en lugar de exponer, suspender el juicio como gesto político, perturbar los valores establecidos, ironizar sobre la propia práctica, son acciones que unen a Zabala, Romero, Ginzburg, Vigo, Pazos, Katz, en aventuras solitarias, faraónicas y ambiguamente inmotivadas, que cumplen su propósito de reflexionar sobre lo dado, lo que existe, lo naturalizado.

La imagen y los discursos sobre ellas como construcción para distintas intenciones explicitas o embozadas, es un tema predilecto de estos francotiradores del lenguaje, constructores en la destrucción, visionarios de la catástrofe. De lo simple, de lo que está a la mano, materiales pobres, no obstante bellos, a la sofisticación de desarmar el andamiaje del pensamiento moderno y contemporáneo, no hay fatiga, ya que el arte es “el mundo por segunda vez”, como lo definió Horacio Zabala en 1998: “La obra de arte abre un juego entre el arte y el mundo”, es otra mirada, interesada, connotada que, provisoriamente, se desentiende de la noción de trascendencia.

María José Herrera

Ernesto Deira

Nació en Buenos Aires el 28 de julio de 1928. Se orientó en sus estudios a las carreras tradicionales y recién después de cuatro años de recibirse de abogado, ingresó al mundo de la pintura guiado nada menos que por Leopoldo Presas y Leopoldo Torres Agüero. En 1958 realizó su primera muestra individual en la galería Rubbers de Buenos Aires. Pocos años después forma junto a Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega y Rómulo Macció el grupo “Nueva figuración”, exponiendo en la Galería Peuser en 1961 y en los años siguientes en el Museo de Bellas Artes y también en el exterior. En 1964 participa del IV Guggenheim Intrenational Award y organiza exposiciones en Europa. Dos años después es invitado como profesor en la Universidad de Cornell (EE.UU)en 1965 obtuvo la Beca Fulbright y en 1967 obtiene el Premio Palanza. Entre otros, recibió en 1965 en E.E.U.U. el premio del Primer Salón de Artistas Jóvenes de América Latina y el Premio Palanza en 1967.

Realizó numerosas muestras individuales y colectivas en Río de Janeiro, Bruselas, Madrid, París, Chartres y Venecia. En 1981 la Galería Degli Uci incluyó un Autorretrato dentro de su colección. En 1992 expuso su obra “Adán y Eva #2” (1963) formó parte de Ia Muestra Konex 100 Obras Maestras – 100 Pintores Argentinos (exposición antológica de la pintura argentina) en el MNBA en Buenos Aires. Fallece en París en julio de 1986. En los años siguientes su obra se expuso tanto en Buenos Aires, como en distintas ciudades de América Latina. Sus obras se encuentran en importantes colecciones públicas: Museum of Modern Art (MoMA), Nueva York, E.E.U.U; Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina; Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Argentino; Centro de Arte Contemporáneo, Córdoba, Argentina; Fundación Federico Jorge Klemm, Buenos Aires, Argentina; Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Argentina; Banco Ciudad, Buenos Aires, Argentina; Museo Municipal de Bellas Artes ̈Juan B. Castagnino ̈, Rosario, Argentina.

Oscar Bony

Oscar Bony (1941, Misiones)  A los 17 años comenzó sus estudios de pintura con un profesor local y en 1959 llegó a Buenos Aires becado para concurrir a la Escuela Preparatoria de Bellas Artes Manuel Belgrano. Sin embargo, siempre se consideró un artista autodidacta. Entre 1959 y 1963, asistió a los talleres de Demetrio Urruchúa y Juan Carlos Castagnino, y trabajó como ayudante de Antonio Berni. Su imagen inicial transita de cierto realismo expresivo hacia la nueva figuración. En 1964, su serie Anatomías le permite ingresar al circuito del arte contemporáneo, es invitado al Premio de Honor Ver y Estimar y realiza su primera exposición individual en una de las más importantes galerías porteñas, la Galería Rubbers. Su ámbito de pertenencia era el grupo de artistas que frecuentaba el Bar Moderno, en especial Rubén Santantonín, Pablo Suárez, Emilio Renart y Ricardo Carreira.

Entre 1965 y 1968, sus experiencias con el pop, el minimalismo, el arte conceptual y los objetos, lo ubicaron en el centro de acción de la vanguardia más radical que se movía entre galerías alternativas, el Premio de Honor Ver y Estimar y el Instituto Di Tella. Bony expuso instalaciones, cortometrajes, objetos, estructuras primarias y una obra sonora. En 1968, en la muestra Experiencias ’68 en el Di Tella, alquiló una familia de clase obrera y la exhibió “en vivo”, sobre un pedestal de museo. Las reacciones del público, la crítica y el mundo oficial del arte, las divisiones dentro de la misma vanguardia, las tensiones entre práctica artística y práctica política, la crisis social, económica y política, eran cada vez más extremas y los frentes de lucha se multiplicaban. Ante la clausura judicial de la pieza de Roberto Plate los demás artistas decidieron destruir sus obras, tirarlas a la calle Florida y denunciar públicamente los avances de la censura. Es el fin de una época. Bony y varios de sus compañeros abandonaron el campo del arte.

A partir de 1968 y durante casi seis años, Bony trabajó como fotógrafo dentro de la industria de la música. Era justo el momento en que el rock nacional se convertía en un fenómeno popular ingresando a los medios masivos de comunicación como la televisión, un producto consumido por una audiencia joven y en expansión acelerada. Las compañías de grabación habían incorporado mecanismos de venta y publicidad utilizados en otros mercados. Los lanzamientos de cada disco estaban ligados a recitales, festivales, campañas de promoción; los discos incluían producciones fotográficas especiales y las letras de las canciones; se editaban afiches de los ídolos más exitosos; se planificaba el perfil de cada grupo musical diseñando vestuarios, peinados y escenografías para sus sesiones de fotografía y presentaciones; algunas revistas especializadas, el cine, la radio y la televisión actuaban como canales de difusión. Bony se transformó en uno de los creadores del imaginario visual del rock nacional ligado al sello discográfico RCA y actuando en toda la movida. Hay un “estilo Bony”, que el rock identifica y distingue. Los Gatos, La Joven Guardia, Manal y Almendra son algunos de los grupos cuya imagen pública inventó su cámara.

En 1974 el artista volvió al mundo del “arte culto”, a su carrera “profesional”, realizó pinturas y fotografías, un par de exposiciones, y finalmente toma la decisión meditada pero postergada durante años de partir al exilio. Entre 1977 y 1988, vivió en Milán. Fueron diez años de presencia constante en la escena italiana y de muestras en España, Irlanda, Francia, viajes a Estados Unidos y contactos intermitentes con Buenos Aires; Bony, otra vez, haciendo instalaciones, objetos, montajes, intervenciones, pinturas y técnicas combinadas. En 1980 fue invitado a la XVI Triennale. Nuova Immagine en Milán, y en 1982 a la XL Biennale Internazionale D’Arte, Aperto ’82 en Venecia. Visitó estilos como la transvanguardia; y, en 1986, inauguró dos exposiciones individuales simultáneas en dos de las galerías más importantes de Milán, Galleria Zeus Arte y Galleria Fac-Simile.

En 1988 regresó a la Argentina. Exploró, trabajó, esperó, se infiltró con paciencia. En 1993, su muestra De memoria lo consagró de nuevo. Bony es otro de los sobrevivientes de los años ’60 que deslumbró a los jóvenes, es respetado por la crítica y está en acción. En 1994 sus vidrios, papeles y plomos baleados en marcos dorados y a partir de 1996 sus primeras fotografías con vidrios baleados confirman su excentricidad, su intensidad y rigurosidad, su nomadismo, su magia para ser uno y muchos a la vez. Realizó instalaciones, performances como Il limite, realizada sin invitación oficial, fuera de programa en la XLVI Biennale di Venezia, panfleteadas, declaraciones y exposiciones. En 1997 lo invitaron a la 6ª Bienal de La Habana. El individuo y su memoria, a la I Bienal de Artes Visuais do Mercosul en Puerto Alegre, y a la 5th International Istanbul Biennal en Estambul. Despide el siglo con bastante presencia en la prensa especializada, brindando cantidad de notas periodísticas y charlas gracias al impacto alcanzado con la serie de “las fotografías baleadas” en la muestra El triunfo de la muerte en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).

La familia obrera de 1968 fue recuperada en Buenos Aires, Nueva York, Madrid y Liubliana (Eslovenia), y reconocida por la historia del arte contemporáneo internacional. En plena actividad, Oscar Bony murió en Buenos Aires en abril de 2002.

Desde 2007, a partir de la retrospectiva Oscar Bony. El Mago. Obras 1965-2001, realizada con curaduría e investigación a cargo del curador en jefe Marcelo Pacheco en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), se abrió una etapa de una década de circulación y difusión privilegiada en el mundo regional e internacional: grandes muestras dedicadas al revisionismo del arte conceptual y el minimalismo y los inicios del arte contemporáneo contaron con su presencia tanto en Estados Unidos como en Europa, así como en paralelo alcanzó una sólida posición con compras para el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), la Kunsthaus de Zúrich y las colecciones Bengolea y Costantini en Buenos Aires.

Renata Schussheim

Renata Schussheim, nacida en Buenos Aires el 17 de octubre de 1949, es una artista multidisciplinaria argentina destacada en el diseño de vestuario, escenografía, ilustración y artes plásticas.Su carrera se distingue por integrar diferentes disciplinas y explorar constantemente nuevos mundos creativos. Desde temprana edad, fue impulsada por su madre a estudiar dibujo y pintura. A los 13 años, comenzó a formarse con el pintor Carlos Alonso, quien la ayudó a encontrar su identidad como artista. A los 15, realizó su primera exposición en la galería El Laberinto, con dibujos influenciados por El Bosco.


A los 19 años comenzó a trabajar como diseñadora de vestuario, y su labor se expandió rápidamente a la escenografía, la fotografía y la animación. Renata ha afirmado que sus disciplinas se superponen de manera orgánica. En una de sus exposiciones combinó imágenes, videos, performances y objetos, fusionando diversas formas artísticas.

Ha trabajado en estrecha colaboración con músicos como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Walter Giardino y Federico Moura. Con García diseñó las portadas de los discos Música del Alma y Bicicleta, y fue responsable del diseño escenográfico de sus presentaciones.
En teatro y ópera, se destacó en obras como Jesucristo Superstar, La flauta mágica y Carmen, presentadas en importantes teatros de Argentina, España, Francia y Chile. También colaboró con Oscar Araiz en Boquitas pintadas, de Manuel Puig.

En cine trabajó con Héctor Olivera en Buenos Aires Rock (1983) y desarrolló proyectos personales como la escenografía de un hotel alojamiento, explorando aspectos íntimos de la sociedad. La colaboración ha sido clave en su obra: trabajó junto a artistas como Marie Orensanz, su mentora, y Jean-François Casanova, del grupo Caviar. Para Schussheim, el estímulo mutuo entre generaciones es uno de los valores esenciales del arte.

Es reconocida por haber desarrollado en Argentina el concepto de “arte de la complicidad”, entendiendo la creación como un proceso colectivo. Su figura se destaca como la de una cómplice: una artista que se disuelve en la colaboración y, a la vez, produce obras únicas.
Fue una de las pocas artistas, junto con Marta Minujín, con una muestra individual en el CAyC de Jorge Glusberg. Su nombre se asocia con un enfoque rompedor en el arte argentino.
Ha afirmado que lo más importante es estar atenta a lo que la inspira. Su curiosidad infinita la llevó a experimentar sin apegarse a una única disciplina. “Me interesa todo”, ha dicho. Su obra refleja esa capacidad de transformación, así como su voluntad de influir, transmitir y colaborar. Así, se ha posicionado como una figura esencial del arte contemporáneo argentino, demostrando que la creatividad no tiene límites y que el arte es, ante todo, un espacio de intercambio y crecimiento continuo.