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Intervenciones, autopsias y disecciones sobre la imagen gráfica

Jorge de la Vega, Grete Stern, León Ferrari, Horacio Zabala, Jorge Macchi, Osvaldo Lamborghini, Alfredo Londaibere, Rosana Schoijett, Valentina Liernur, Carlos Herrera, Carlos Huffmann, Adrián Villar Rojas, Mariana Tellería, Leonardo Sánchez, Manuel Fernández.

El monstruo habita latente dentro de cada imagen, esperando las condiciones para manifestarse. Aparece cuando una imagen deja de obedecer al régimen que organizaba su sentido y comienza a producir asociaciones imprevistas. Porque la imagen es también un campo de batalla: toda fotografía puede ser recortada, todo titular descontextualizado, toda publicidad desmontada.

Una de las grandes transformaciones de la modernidad fue la aparición de un universo de imágenes técnicamente reproducibles, idénticas, circulantes y potencialmente infinitas. Sobre ese nuevo régimen visual operaron tradiciones tan diferentes como el surrealismo, el pop y el arte político. Entre ellas existió una convicción compartida: las imágenes producidas industrialmente podían ser desviadas de su función original para cargarlas de ficción o criticalidad. Las intervenciones de artistas sobre imágenes masivas, ya sea como origen o destino de sus obras, pueden pensarse como un antecedente material de la cultura visual algorítmica. Una imagen se desprende de su contexto, se combina con otra, adquiere un nuevo sentido y vuelve a circular. Los memes llevan esta lógica a una dimensión colectiva y acelerada; las fake news muestran su potencia para fabricar realidades; la inteligencia artificial hace posible la producción de imágenes que ya no dependen de un referente previo.

Intervenciones, autopsias y disecciones sobre la imagen gráfica reúne artistas que, desde distintos momentos históricos, encontraron en la visualidad de los medios un territorio sobre el cual introducir anomalías. Cada obra propone leer estas imágenes contra su propia evidencia, sospechar de su aparente transparencia y devolverles aquello que la circulación masiva tiende a neutralizar: ambigüedad, conflicto, materialidad y la capacidad de producir otros mundos.

Un primer eje aborda este problema desde el imaginario surrealista, con Grete Stern como protagonista, acompañada por Rosana Schoijett y Manuel Fernández. El procedimiento de estos artistas consiste en engendrar una imagen fantástica a partir de fragmentos que, por su origen fotográfico, ya han sido aceptados como parte de la realidad. La condición indicial de la fotografía —su relación física o causal con aquello que estuvo frente a la cámara— vuelve a las fantasías inquietantemente plausibles. La operación desestabiliza la realidad cotidiana para develar zonas de ensueño, violencia o pulsión que el orden racional intenta mantener separadas. Gracias al fotomontaje, la fotografía se vuelve un espacio psíquico: un lugar donde distintas temporalidades, cuerpos, escalas, deseos y ficciones pueden coexistir.

Un segundo eje reúne artistas vinculados a una sensibilidad o materialidad pop, con Jorge de la Vega como figura central. Para estas prácticas, la cultura de masas ofrece un repertorio visual en el que modos de vida y modos de representación se encuentran entrelazados. Ya no se trata, como en el surrealismo, de abrir una grieta hacia el inconsciente, sino de intervenir una cultura visual organizada por la repetición, el consumo y la circulación. La promesa de felicidad asociada a la imagen publicitaria se transforma en extrañamiento.

En los efasages de De la Vega, la imagen industrial permanece reconocible, pero algo comienza a habitar dentro de ella. Invadida por un bestiario de formas, rostros y cuerpos, pierde su estabilidad y revela una dimensión monstruosa que permanecía, latente, bajo su capa visible. El efasage combina operaciones aparentemente contradictorias: agregar y quitar, intervenir y borrar, revelar y ocultar. Hay en este procedimiento una forma de excavación. Debajo de cada imagen de consumo parece existir un mundo que comienza a manifestarse a medida que su superficie es erosionada. Lo monstruoso no llega desde afuera: emerge como un síntoma de la propia imagen. En los artistas que acompañan este eje —Osvaldo Lamborghini, Alfredo Londaibere, Valentina Liernur, Carlos Herrera, Carlos Huffmann, Adrián Villar Rojas, Mariana Tellería y Leonardo Sánchez— la intervención aparece como una práctica de contaminación. Las imágenes producidas para ser consumidas, reconocidas y rápidamente sustituidas son sometidas a operaciones que interrumpen su funcionamiento y hacen emerger un mundo que no estaba prevista. No se trata de escapar de la cultura de masas, sino de entrar en ella hasta encontrar sus grietas.

El tercer eje introduce una finalidad política más explícita. León Ferrari ocupa un rol histórico importante dentro de estas narrativas, por su capacidad para poner en relación lenguajes que los discursos dominantes tienden a mantener separados: la prensa, la religión, el deseo, la violencia y las instituciones de poder. A través de la repetición, la literalidad, el desvío, la metáfora, la ironía y la parodia, Ferrari altera los sistemas de lectura que permiten que determinadas imágenes aparezcan como naturales. Las operaciones dentro de este eje recurren a procedimiento simples: confrontar dos imágenes que nunca habían aparecido juntas, como ocurre en Ferrari, o recortar o tapar aquello que la imagen original proponía, como en los trabajos de Jorge Macchi y Horacio Zabala.

En su serie de collages con fotografías de Madonna, Ferrari extiende estas operaciones al terreno de la cultura de masas. La confrontación entre imágenes provenientes de universos religiosos y eróticos produce desplazamientos entre lo sagrado y lo profano, y pone en cuestión las formas históricas mediante las cuales el cristianismo ha asociado el deseo y el cuerpo con la culpa y el pecado. La elección de Madonna resulta significativa precisamente porque su figura concentra muchas de estas tensiones entre deseo, sexualidad, moral y cristianismo.

La analogía médica del título propone, finalmente, mirar a las imágenes como cuerpos. Nos resultan familiares porque las vemos todos los días, pero su anatomía suele permanecer invisible. Cortar una imagen permite hacer visible su estructura; separar sus partes revela las costuras que mantenían unidos sus sentidos. Al yuxtaponer fragmentos provenientes de mundos diferentes aparecen relaciones que antes permanecían ocultas. Al borrar, se produce una ausencia; al repetir, una obsesión; al cambiar la escala, una anomalía; al trasladar una imagen de un contexto a otro, se altera su historia. La exposición imagina estas prácticas como operaciones sobre un cuerpo colectivo de imágenes construido por la prensa, la publicidad, el entretenimiento, la propaganda y otros sistemas de circulación masiva. La intervención artística no destruye necesariamente ese cuerpo: lo abre para observar cómo funciona, qué relaciones sostiene y qué zonas mantiene ocultas. Allí donde la imagen afirma mostrar un hecho, el artista introduce una ficción; donde propone una única temporalidad, incorpora restos del pasado, proyecciones hacia el futuro y asociaciones para desordenar el presente.

Javier Villa

Carlos Gorriarena: Mujeres en vísperas

Cada cual en su mundo

¿Qué es lo que verdaderamente sucede en los cuadros de Carlos Gorriarena? ¿Cuál es la realidad que se mueve por debajo de lo que aparenta revelar alguna plenitud, incluyendo la plenitud del ocaso?

Cualquier respuesta a la que nos aventuremos, debería tener la precaución de no dejarse arrastrar por el sentido que las cosas parecen tener a simple vista. Porque es en esa dimensión intersticial, en la que la paradoja altera la experiencia de revelación (lo que no se ve de lo que se ve), que las pinturas de Gorriarena atraviesan como una flecha su identidad artística para alcanzar un estatus de sentido “cargado” en suspensión.

Gorriarena, príncipe del color, sabe mejor que nadie que hay organismos en actividad -es decir en curso de degradación- bajo el esplendor de los colores fuertes, como si dijésemos: hay un limón bajo el color limón. El contraste entre el exterior exaltado y el interior oculto que presiona hacia afuera con el drama que aún no puede verse, es el alma de su arte y, acaso, el único de todos sus dones al que podríamos considerar irremplazable.

Las imágenes de Gorriarena son imágenes de lo que está por pasar. En esas vísperas cuyo porvenir es incierto, se manifiesta un agravante: el futuro ya ha comenzado a desgastar la actualidad de los hechos. El tiempo entra al instante desplegando sus ejércitos invisibles. En ese allanamiento discreto pero irreversible, las mujeres son fantasmas de carne y hueso que se resisten, sea con elegancia o con desesperación, a las calamidades de la cuenta regresiva.

Del lado opuesto al de sus consideraciones sobre los varones, bestias ordinarias atraídas por el sol negro del poder que, como en su versión del Pacto de Olivos, produce sombras diferentes a las del sol que le da cobijo al mundo, las mujeres de Gorriarena son ejemplares de una especie distinta. Están absorbidas por un interior en el que se pierden para encontrarse.

Se trata de lo que podemos llamar “galería” en el sentido de galería de personajes, en la que las mujeres -incluso las mujeres “objeto”- despliegan sus singularidades de sujetos ilegibles. En qué piensan, qué sienten y quiénes son esas mujeres son cosas de un misterio específico: el misterio de la identidad. Porque a diferencia de los hombres de Gorriarena, universales e intercambiables aún bajo las apariencias más disímiles, cada mujer es única.

Exaltadas o calmas, delgadas o gruesas, vestidas o desnudas, en situación de acto o de potencia, las mujeres de Carlos Gorriarena son criaturas a las que se les ha concedido un poder humano “terrestre” que el hombre desprecia para encontrar el suyo en los dioses que emula.

Se trata de una diferencia insalvable entre los géneros que, en la obra de Gorriarena, se revela cuando los hombres y las mujeres -con alguna excepción- se reúnen en algún círculo de intimidad. Allí, la mujer mira al hombre, y el hombre mira hacia un más allá en el que, quizás, vislumbre el horizonte de sus ideales. Y mientras una dice: “buenas noches”, el otro le contesta: “buenos días”.

Es el quid de una cuestión que el arte de Gorriarena ha sabido revelar: no hay más cercanía entre la mujer y el hombre que la de la fatalidad común que mantiene a cada uno en su mundo.

Juan Becerra

VÉRTIGO

Antonio Asis, Julio Le Parc, Gregorio Vardanega, Rogelio Polesello, Gyula Kosice, Martha Boto, Perla Benveniste, Eduardo Rodríguez, Luis Tomasello y Manuel Espinosa.

En 1958, Alfred Hitchcock estrenó Vértigo, una película que marcó un hito en la historia del cine e introdujo una de las técnicas visuales y narrativas más reconocibles del cine moderno: el dolly zoom. Este recurso altera la percepción del espacio mediante un desplazamiento simultáneo de la cámara y el zoom en direcciones opuestas, generando una sensación de inestabilidad, desorientación y extrañamiento.

Unos años antes, en 1955, la galería Denise René, en París, presentaba la exposición Le Mouvement, donde el arte cinético por primera vez se consolidó como una corriente específica. Los elementos centrales eran el movimiento, espacio y tiempo, que se manifiestan a través de diversos enfoques: obras que sólo se activan mediante el desplazamiento de los visitantes, piezas que se transforman a partir de la interacción directa con el público y dispositivos motorizados que operan de forma autónoma.

La integración del cine con esta manifestación artística, al hacer foco en el lenguaje visual a partir del movimiento, introduce una reflexión específica sobre la percepción como construcción inestable. Tal como señalaba Roger Bordier, en su texto Cinéma, la imagen en movimiento reorganiza la relación entre tiempo, espacio y mirada. Es precisamente en este punto donde se inscribe esta exposición: una indagación común en torno a los modos en que la percepción se activa, se desajusta y se vuelve experiencia.

Esta muestra toma el título Vértigo para presentar una selección de obras de Antonio Asís, Julio Le Parc, Gregorio Vardanega, Rogelio Polesello, Gyula Kosice, Martha Boto, Perla Benveniste, Eduardo Rodríguez, Luis Tomasello y Manuel Espinosa. Al igual que el recurso cinematográfico que la inspira, estas obras producen una inestabilidad visual, generando un campo dinámico en el que lo fijo se vuelve inestable y la percepción entra en constante transformación.

Julio Le Parc como uno de los miembros del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), sentó en París las bases de una práctica centrada en la participación activa del espectador, transformando e irrumpiendo el sentido de la obra hacia la experiencia. Estas investigaciones continuaron su desarrollo en Buenos Aires, en obras que requerían del desplazamiento, la interacción y la variabilidad lumínica dentro de la imagen para desplegarse plenamente de la geometría, en diálogo con antecedentes como los de Gyula Kosice, cuya concepción dinámica de la geometría, iniciada en el grupo Madí, se proyecta y consolida dentro del arte cinético.

En este marco, artistas como Antonio Asís y Manuel Espinosa trabajaron sobre la activación perceptiva a partir de operaciones mínimas, ya sea mediante vibraciones ópticas generadas por unidades cromáticas o a través de sutiles variaciones tonales. A su vez, Luis Tomasello produjo entornos tridimensionales geometricos donde el color y el espacio se transforman según la posición del espectador. Por otra parte, Martha Boto y Gregorio Vardanega, Perla Benveniste y Eduardo Rodríguez desarrollaron investigaciones vinculadas a sistemas motorizados y efectos lumínicos, que profundizaron en la distorsión la luz y el color, evidenciando, en conjunto, la convergencia entre arte, ciencia y tecnología en la construcción de nuevas formas de percepción.

Estos artistas investigaron dispositivos capaces de producir una nueva sensibilidad visual, acorde a la realidad cambiante de la época, así como el cine exploró las posibilidades técnicas de la imagen en movimiento. En ambos casos, se trata de una experimentación con los límites de lo visible y de una puesta en crisis de la estabilidad de la forma, en un contexto atravesado por la expansión de la tecnología y los medios de reproducción, incorporando materiales industriales, sistemas mecánicos y lógicas de serialidad propias de su tiempo.

El arte cinético propone situaciones: experiencias abiertas que invitan a habitar la obra. Como señala Elena Oliveras, en estas piezas hay una excitación constante de la atención, una dimensión de incertidumbre, un “no saber qué va a pasar”, que activa los sentidos y produce una fascinación siempre inestable.

Vértigo propone así un recorrido por un conjunto de prácticas que hicieron del movimiento, real o ilusorio, una tensión, interpelando nuestra manera de percibir, recordándonos que toda visión es, en última instancia, una construcción en movimiento.

Del 15/04 al 26/05

Capricho de Verano

Este verano, MC Galería abre sus puertas a una exposición que reúne una selección de artistas de la trastienda, ofreciendo un panorama representativo de la diversidad estética y conceptual que caracteriza al espacio, destacando artistas consagrados del arte argentino.

La propuesta busca poner en valor la amplitud de lenguajes, técnicas y enfoques que conviven en la galería a partir de tres salas temáticas, proponiendo un recorrido por distintos movimientos y momentos fundamentales del arte argentino moderno y contemporáneo.

Entre los artistas en exposición se encuentran Edgardo Gimenez, Ary Brizzi, Oscar Bony, Kenneth Kemble, Ernesto Deira, Jorge De La Vega, Eduardo Costa, Rogelio Polesello, César Paternosto, Cynthia Cohen y Vicente Grondona.

[En común] Horacio Zabala y amigos.

El momento histórico que les tocó compartir, los territorios que coincidieron en habitar. Las ideas que flotan en el aire de una misma generación. Las redes de artistas a las que pertenecieron o, simplemente el azar -que no existe-, hizo que desde mediado de los 60 hasta la actualidad, Horacio Zabala se rodease de la amistad profesional y personal de Juan Carlos Romero, Carlos Ginzburg, Edgardo Vigo, Luis Pazos y Leandro Katz.

En común, propone actualizar ese diálogo entre pasado y presente de artistas que cultivaron el objetualismo, el readymade, la poesía visual, la performance y la fotografía para señalar, denunciar o parodiar, distintos aspectos de la vida contemporánea. Todos participantes de las exposiciones del CAYC creado por Jorge Glusberg en 1968, desde la Argentina u otros lugares del mundo, aportaron su propia visión al arte conceptual internacional.

Actuando desde los convulsionados años 60 con la impronta de la pregunta sobre los límites del arte, proponer un anti-arte, y la fusión analítica entre arte, sociología y filosofía, caracteriza la visión de los artistas de [En común]. Presentar en lugar de exponer, suspender el juicio como gesto político, perturbar los valores establecidos, ironizar sobre la propia práctica, son acciones que unen a Zabala, Romero, Ginzburg, Vigo, Pazos, Katz, en aventuras solitarias, faraónicas y ambiguamente inmotivadas, que cumplen su propósito de reflexionar sobre lo dado, lo que existe, lo naturalizado.

La imagen y los discursos sobre ellas como construcción para distintas intenciones explicitas o embozadas, es un tema predilecto de estos francotiradores del lenguaje, constructores en la destrucción, visionarios de la catástrofe. De lo simple, de lo que está a la mano, materiales pobres, no obstante bellos, a la sofisticación de desarmar el andamiaje del pensamiento moderno y contemporáneo, no hay fatiga, ya que el arte es “el mundo por segunda vez”, como lo definió Horacio Zabala en 1998: “La obra de arte abre un juego entre el arte y el mundo”, es otra mirada, interesada, connotada que, provisoriamente, se desentiende de la noción de trascendencia.

María José Herrera

A través del espejo

Renata Schussheim, Edgardo Giménez y Juan Stoppani son artistas con una trayectoria manifiesta e inabarcable. Frente a esto, ¿Qué podría agregar que no haya sido dicho antes por críticos, curadores, historiadores del arte? ¿Qué decir frente a la contundencia de sus obras? Para empezar, que cada encuentro con ellos fue y es una celebración, una bocanada de aire fresco, inspiradora y renovadora. Un compendio infinito de anécdotas, experiencias, proyectos

Pareciera que los grandes artistas se definen por sus trayectorias, nutridas por hitos, esplendores y reconocimientos. Pero no es eso lo que a ellos los define como tales. Porque si bien impresionan sus recorridos, lo que realmente los define e identifica es su libertad creativa, su espíritu aventurero, su convicción en el arte.

Nada de lo que hicieron hubiera sido posible sin su consecuencia y convicción en el hacer. Su avidez por el trabajo, sus modos de observar el mundo e inventar los propios, de arriesgar, de ser fieles a sus deseos, de disfrutar y compartir el goce. Desarrollando obras propias, y colaborando con creadores, músicos, cineastas, dramaturgos. Transitando sin prejuicios diferentes lenguajes y disciplinas.

Esta exposición, en la que se encuentran por primera vez, nos invita a asomarnos a través del espejo para descubrir personajes y animales que se abrazan y alientan todo tipo de fantasías interespecie; revelados por una luna perfecta y redonda que reposa en un cielo estrellado. Una escultura laberinto que se eleva en un paisaje de irregulares geometrías y retratos de pájaros y señoritas, mientras que un telón se abre al detrás de escena de El carnaval de los animales y El niño y los sortilegios*.

Los libros de aventuras, como los que narran las andanzas de Alicia, escritas por Lewis Carroll en la segunda mitad del siglo XIX, alientan y alentaron la imaginación de niños y adultos a través del tiempo. Del mismo modo lo hacen Renata, Edgardo y Juan en esta muestra. Quienes además nos proponen, aún sin pretenderlo, la oportunidad de reflexionar sobre la importancia de promover la imaginación para construir sociedades más libres y creativas.

Laura Spivak

* El carnaval de los animales (1886) es una suite musical compuesta por Camille Saint-Saëns. El niño y los sortilegios (1925) una ópera con música de Maurice Ravel y libreto de Sidonie-Gabrielle Colette.

Formas de ser humano: pinturas y dibujos de Ernesto Deira (1961-1966)

Ernesto Deira pertenece a ese conjunto de artistas que practicó la pintura como una gesta, una figuración magmática de paleta agitada por rojos, azules y amarillos intensos, que salpicara el sentido común fuera del bastidor. Como si sus personajes surgieran a partir de algún proceso volcánico, desde 1961, con poco más de treinta años de edad, Deira fue parte de quienes renovaron la representación de lo humano por medio de esa dimensión material espesa y excedida, un sustrato que el Informalismo había hinchado de protagonismo pocos años antes.

La selección reunida en esta exposición recorta ese periodo experimental, en que el artista exploró las posibilidades de la pintura, pero también del dibujo y del montaje de la obra al momento de la exhibición.1 Se trata de obras producidas entre 1961 y 1966, pobladas de criaturas vitales e indescifrables, incluidas varias pinturas de gran porte. La mayoría de estos dibujos y pinturas no lleva título, como si ese estado de indeterminación no debiera estabilizarse con un nombre. Pero algunos títulos –El estudiante de lógica formal o Retrato familiar– matizan la ferocidad de esas imágenes con una ironía risueña: esas figuras, que no parecen haber terminado de fraguar, se nos presentan como una suerte de contracara extrañada, o de imagen reveladora, de personajes cotidianos y sensatos.

Retrato familiar (1964) retoma el juego de la imagen dentro de la imagen, en un comentario sobre la pintura y su tradicional función retratística: sobre un fondo azul, dentro de dos óvalos trazados con brochazos de color rojo, se adivinan los rostros, de frente y perfil, de dos señores -llevan traje y bastón como atributos. El “retrato” de la derecha, congelado en una mueca, muestra una expresión cadavérica. El de la izquierda se escure hacia abajo, desbordando el marco rojo oval representado. La obra parece una declaración de principios, tanto acerca del despropósito de plasmar una semblanza verosímil en una imagen pintada, como de la apuesta irrenunciable por representar lo humano.

De veladura blanca y más de dos metros y medio de lado, una pintura de 1963 representa, delante de una sutil pero decisiva línea de horizonte, lo que podría describirse como un conjunto indeterminado de figuras humanoides. Tienen ojos, no solo en lo que parecen ser sus rostros sino también en sus manos. O tienen manos que son, a su vez, pequeñas cabezas con ojos. En el revés del bastidor se leen los nombres de quienes integraron el grupo de la Nueva Figuración entre 1961 y 1964: Macció, Noé, De la Vega y también Deira.2 ¿Será tal vez un guiño o un reconocimiento a esos artistas cómplices? La representación de esa agrupación, que para 1963 ya se había disipado, como una suerte de organismo multicéfalo que pintó y dibujó lo que veía, menos con los ojos, que con las manos.

Los reversos de esta y otras de las telas exhibidas ofrecen pistas de redes e itinerarios artísticos que excedieron la escena cultural de la Buenos Aires de los años sesenta; un misterioso “Martha Peluffo” escrito en otro bastidor; una etiqueta de la Bienal Americana de Arte, que las Industrias Kaiser organizaron en Córdoba entre 1962 y 1966, en una pintura de 1964 y , en la mencionada El estudiante de lógica formal, de 1965, una etiqueta de la legendaria galería Bonino, que promocionó a los cuatro pintores de la nueva figuración durante esos años. Aquí hay que señalar el impacto que tuvo, entre los artistas cariocas, la exposición del grupo Nueva Figuración de 1963 en la sede de la galería Bonino de Rio de Janeiro y, dos años más tarde, en el Museo de Arte Moderno de esa ciudad, donde se exhibió Retrato familiar (1964) entre las 12 obras de Deira.3 La selección de pinturas en exhibición también da cuenta de la proyección hacia los Estados Unidos, en la exposición de Deira de 1964 en la galería de la Pan American Union, Washignton DC, cuyo catálogo reproduce la feroz pintura sin título de 1963, que representa una cabeza humana.

Si las pinturas de esos años dieron forma a esa vocación experimental por medio de masas insurrectas de color esparcido, los dibujos realizados en paralelo juegan en su propio campo: el desarrollo lineal (o el pensamiento lineal, para citar el título de una exposición de dibujos de los años ochenta que incluyó a Deira),4 en franco negro sobre blanco. De tamaños más modestos, algunos parecen realizados con movimientos continuos, sin levantar la pluma. Y todos configuran personajes, entre precarios y sofisticados que, gracias a las posibilidades de la tinta sobre papel, presentan detalles, como dientes, cabelleras, órganos y huesos, mezclados con ovillos y otras formas aleatorias, pero misteriosamente humanas.

Dibujos y pinturas se refuerzan mutuamente en sus especificidades a la vez que confluyen como formas de ser humano, esto es como medios por los cuales Deira exploró la figuración de manera vital y múltiple.

Isabel Plante, mayo de 2025.

1 María José Herrera, “La experimentación en la obra de Ernesto Deira (1961-1968), en María José Herrera (cur.), Retrospectiva Deira. Buenos Aires, Museo Nacional de Bellas, Artes, 2006, pp. 10-21.


2 Si bien, la primera exposición conjunta también estuvo integrada por Sameer Makarius y Carolina Muchnik, el grupo se estabilizó luego con estos cuatro integrantes: Ernesto Deira, Jorge De la Vega, Rómulo Macció y Luis F. Noé.

3 Paulo Herkenkoff, Nueva figuración Río/Buenos Aires. Río de Janeiro, Galería del Instituto Cultural Brasil-Argentina, 1987.

4 Luis Felipe Noé y Jorge López Anaya (org.), El pensamiento lineal. En torno a la autonomía de la línea a través del dibujo argentino. Buenos Aires, Fundación San Telmo, 1988.

Fancy Monas

Las Fancy Monas son una serie de 25 obras creadas por Edgardo Giménez, donde el arte pop se cruza con la tecnología. A partir de más de 100 elementos de su universo visual —colores, objetos, formas, personajes— Giménez trabajó con herramientas algorítmicas para darles una nueva vida.

El resultado son piezas únicas, vibrantes y llenas de humor, que reimaginan su obra desde el presente. Las Fancy Monas abren nuevos caminos para la creación artística, combinando lo manual con lo digital, lo lúdico con lo experimental.